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Archive for 30 agosto 2011

 

Orgasmo masculino:

 

 

Orgasmo femenino:

 

 

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A comienzos de los años 80, un Francis Ford Coppola que había reinado por todo lo alto en la década anterior se encontraba arruinado tras fracasar en su megalómano proyecto de formar una productora fuera del ámbito hollywoodiense y donde el talento primara sobre las taquillas. En esas circunstancias, le llega una carta de una clase de un colegio en la cual los alumnos le piden que adapte dos novelas de la autora Susan E. Hinton que han marcado a varias generaciones, se trata de Rebeldes (The Outsiders) y La Ley de la Calle (Rumble Fish). El director, sorprendentemente, acepta. Rueda las dos películas prácticamente como si fueran una, con gran parte del reparto coincidente en las dos obras, sin embargo, plantea cada una de forma muy distinta. Mientras estrena Rebeldes como una deliciosa revisión del clásico tema de las pandillas y la delincuencia juvenil (no es raro acordarse de Rebelde sin Causa o West Side Story mientras se ve), con La Ley de la Calle hace algo diferente a una común adaptación. Con Rumble Fish, Coppola crea una obra única, personal y poética sobre temas que le han obsesionado en toda su carrera como el paso del tiempo, la familia y los sueños. Para empezar, la película es en blanco y negro, pero no un b/n al uso, Coppola bebe directamente del expresionismo alemán y de Orson Welles para contar las andanzas de Rusty James, el jefe de la pandilla de su barrio, un chico impulsivo, ingenuo y bastante inconsciente, que anhela por encima de todas las cosas llegar a ser algún día como su hermano (El Chico de la Moto), una leyenda local y antiguo jefe de las pandillas de la ciudad, al que adora e idolatra de forma excepcional. Sin embargo, su hermano, un tipo misterioso, callado, con una extraña sonrisa de la boca y al que nada parece impresionarle, desprecia las peleas y las pandillas. Sólo una cosa parece sacarle de su letargo espiritual, unos peces de la tienda de animales a los que visita frecuentemente…

De todos es sabido que Coppola sentía un gran admiración por su hermano mayor, al que llegó a dedicar ésta película y al que considera su padre de facto. Para Rusty James, el Chico de la Moto también es algo así, ya que el padre de ambos (Dennis Hopper) es un alcohólico vagabundo que no se ocupa de ellos y su madre les abandonó cuando ellos eran pequeños. Rusty James intenta siempre emular a su hermano, el héroe romántico, y tres veces durante el film afirma que algún día será como él. Las tres veces recibe sendas negativas. “Yo siempre se lo que estás pensando tú, Rusty James, pero nunca se lo que está pensando él” le dice su amigo Steve, que ejerce casi espectador, como nosotros, de toda la historia. “Mírale, parece un rey en el exilio” le contesta un tipo en un billar mientras están de juerga. Pero la respuesta más dura se la da su propio padre cuando le dice: “Reza para que no”.

"De cuando en cuando encuentras una persona con un concepto del mundo diferente del de los demás, eso no le convierte en loco, sabes. Es una percepción aguda, no te convierte en un loco. Aunque sin embargo... esa percepción te puede volver loco."

"De cuando en cuando encuentras una persona con un concepto del mundo diferente del de los demás, eso no le convierte en loco, sabes. Es una percepción aguda, no te convierte en un loco. Aunque sin embargo... esa percepción te puede volver loco."

Rusty James intenta buscar su identidad y para ello apela siempre a ser como su hermano y a volver a los viejos tiempos, donde las pandillas reinaban y no había drogas en las calles. El paso del tiempo es otro de los temas recurrentes de la película, con la utilización de la cámara rápida en las tomas de las nubes, evocando la fugacidad de este, con esa fotografía sucia en blanco y negro y con esa especie de vapor o neblina que le da un toque onírico, y con la repetida aparición de relojes durante casi todo el metraje (en una escena importante, el reloj, sin agujas…). “El tiempo es una cosa curiosa… un asunto muy curioso. Cuando eres joven, eres un niño, tienes tiempo para todo. Luego pasas un par de años de aquí para allá y no es importante. Pero cuanto más viejo eres, más te preguntas: ¿cuánto tiempo me queda?” dice el personaje que interpreta el gran Tom Waits a los chavales que planean y hablan de sus sueños en su bar.

Al Chico de la Moto no le impresionan los actos de su hermano porque él ya ha vivido todo eso y, al contrario que Rusty James, sabe que esos sueños y utopías no se van a cumplir. Y es que a pesar de que el protagonista de la obra es Rusty, nosotros vemos su mundo a través de los ojos de El Chico de la Moto, que es daltónico y medio sordo (“un viejo televisor en blanco y negro y el volumen bajo” dice el Chico de la Moto sobre si mismo). Él está de vuelta, y sabe que si su hermano se queda en ese ambiente opresivo y sin escape espiritual, echará a perder su vida como lo ha hecho él. Los peces de colores que le fascinan no son más que una metáfora de ellos mismos, encerrados y luchando contra sus reflejos en el espejo, “en el río no lucharían, alguien debería llevarlos al río”. “Y alguien debería quitarte a ti de en medio” le responde el policía del barrio, su antítesis y el brazo del ambiente opresor. El acto último de el Chico de la Moto será un acto de redención para salvar a su hermano y que comprenda, al fin, que debe salir de allí y buscar otros horizontes para no morir (ya sea literalmente o en vida), ya que como los peces de colores, los más resplandecientes y bonitos, deben ser libres para existir.

El Chico de la Moto y las únicas muestras de color de la película, los peces enjaulados.

Por último, además de mencionar la extraordinaria fotografía (pocas veces ha sido tan esencial para una película) y la brillante banda sonora del ex Police Stewart Copeland, quiero hacer un inciso sobre el reparto y la dirección de Coppola. El director saca lo mejor de un joven reparto que prácticamente no había hecho nada y que en el futuro tendrían largas carreras como Matt Dillon (el mejor Rusty James posible), Diane Lane (preciosa, como siempre), Laurence Fishburne, Nicolas Cage… y de algún veterano como Dennis Hopper, como padre de los hermanos. Pero por encima de todos destaca una interpretación, uno de esos descubrimientos que cada mucho tiempo deslumbran y le convierten en referente de una generación, Mickey Rourke encarna a un inolvidable Chico de la Moto, logrando un personaje fascinante y carismático, un héroe moderno y suburbano. Nunca un actor ha estado tan cercano al joven Marlon Brando como Rourke en La Ley de la Calle.

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Siendo esta legendaria etapa del Giro de Italia del 88 una cita obligada en este blog pero encontrando un artículo insuperable sobre la misma (y varios sobre todo ese Giro) mientras me documentaba, prefiero poner el enlace  para que lo disfruten (así como la fantástica página): http://pedaladasdehistoria.blogspot.com/2008/12/giro-de-italia-1988-el-infierno-helado_29.html

 

 

 

 

Sin embargo, sí que pegaré la versión abreviada de un artículo de Bruce Hildenbrand para la revista Cycle Sport, donde Andy Hampsten recuerda su subida sobre el paso de Gavia durante el Giro d’Italia 1988. Su versión original puede encontrarse en la página de Hampsten, que ahora tiene una tienda de bicicletas en Seattle, USA y otra en Italia.

“Las cosas comenzaron a parecer difíciles en el descenso de Aprica. Yo llevaba toneladas de ropa, pero la lluvia había estado cayendo a cubos desde el comienzo de la etapa y yo estaba tiritando a causa de lo mojado que estaba y del frío. No estaba seguro de cuánto tendría que sufrir, pero sentía que todos nosotros ibamos a sobrepasar nuestros límites para franquear el Gavia. Sabía que yo podría sufrir, pero también sabía que sería muy duro para mis compañeros de equipo así que los intentaba animar también. Recuerdo decir a Bob Roll que éste sería probablemente el día más duro sobre la bici en toda nuestra vida.

 


Todos sabían que yo iba a atacar. Cuando aumentó el camino, fui al frente y todos los escaladores marcaron mi rueda. Podría oír que murmuraban “Hampsten van a atacar” y que están intentando desalentarme. A este punto la carretera todavía estaba asfaltada, pero cuando salí de una curva a la izquierda vi convertirse la carretera en camino sin asfaltar y una señal de tráfico del 16% de pendiente, y entonces fue cuando pinché.

Debido a toda la lluvia, el camino sin asfaltar era realmente inestable. Estaba muy blando y las cubiertas dejaban un surco por donde pasaban. A medida que íbamos subiendo, mi mente comenzó a divagar y los aspectos psicologicos de lo que estaba ocurriendo empezaron a arrastrarse en mi mente. Sentía que había alcanzado mis objetivos hasta la fecha, sin tomar riesgos, pero cuando las cosas se empezaron a poner mal, pensé lo que podía hacer para mejorar las cosas.

Dejé de pedirle Dios que me ayudara, ya me había ayudado bastante dándome el privilegio de competir. En vez de eso empecé a especular lo que estaría dispuesto a negociar si el diablo aparecía. Desmoralizado por esta cadena de pensamientos, me dí cuenta que al principio del día había confiado solamente en mí mismo para sobrevivir a la etapa. En el Gavia, como siempre, no había atajos y yo nunca había buscado ayuda de píldoras u otras ayudas, aunque estaba en un estado tan mental que dudo que hubiera resistido cualquier tentación que me llevara a Bormio. Debo confiar en mí mismo para conseguir llegar al final.

A 4 millas para la cima del Gavia, en mi mente comenzó a entrar la niebla. Comencé a pensar en el frío que estaba pasando en ese momento y el descenso de 15 millas que me esperaba desde la cima hasta Bormio. Y las dudas comenzaron a apoderarse de mí…

¿Los coches del equipo iban a conseguir coronar? ¿El masajista estaría arriba con té caliente? ¿Och estaría allí a un kilómetro con mi bolsa? (Nota del Traductor: Jim Ochowitz, director deportivo del Motorola) A 3 millas de la cima, fui a ponerme un gorro de lana pero decidí primero quitar el agua de mi pelo, pero mi mano se congeló a través de una enorme bola de nieve que cayó sobre mi parte posterior. Cuando vi los edificios pensé que había llegado a la cima (lo era!) y si iba a parar, debía hacerlo allí. Pero realmente deseé seguir en ese momento. No era una cuestión de supervivencia todavía.

Tenía solamente una marcha para la bajada, todas las demás se habían congelado y pensé que debía seguir pedaleando para mantener esa marcha sin hielo. El camino era sin asfaltar al iniciarse el descenso. Era mejor para descender que el asfalto pues no se congeló. Lo probé un par de veces para ver si era suficientemente sólido y lo era. Los espectadores que había en el descenso no sabían si la carrera se había suspendido, así que deambulaban por en medio de la carretera mientras yo bajaba. A medida que descendía me iba enfriando más y más. Intenté no pensar en el frío y concentrarme en la carretera que tenía frente a mí. Ahora era asfalto, pero no estaba helado afortunadamente. Intentaba no frenar demasiado bruscamente. Cuando utilizaba los frenos, primero tenía que quitar el hielo de las llantas, y después intentar quitar el agua, antes de tener alguna potencia de frenada.

Me habían hablado de la hipotermia y sobre lo frío que podría llegar a estar antes de que uno no pudiera pedalear más. Mis brazos estaban bloqueados desde el comienzo del descenso, y yo simplemente intentaba seguir pedaleando para mantener mis piernas en movimiento. En un momento dado, miré hacia abajo, hacia mis piernas y a través de una capa de hielo y de grasa (lanolina), pude ver que eran de color rojo brillante. Después de eso, no miré mis piernas de nuevo…

A 6 km para el final, Breukink me cogió, pero yo estaba totalmente bloqueardo y no podía responder. Breukink no llevaba puesta ninguna chaqueta de lluvia, solo un jersey, así que él podría bajar más rápido en la larga recta que llegaba a Bormio. No había forma humana de quitarme la chaqueta. Después de que cruzara la línea de meta, me dirigí hacia nuestro masajista. Mike Neel vino y me metió en el coche del equipo, que estaba en marcha y con la calefacción a todo meter. Cuando comencé a calentarme el dolor empezó a remitir. Mike me dijo entonces que la Maglia Rosa era mía y el dolor y el euforia se mezclaron y comencé a gritar, a reír y a tiritar.

 

 
En el plazo de 10 minutos del final, estaba arriba en el podium. La Maglia Rosa me sentaba bien. Me la puse y todas mis dudas se esfumaron. Las entrevistas de la TV comenzaron y recuerdo que decía “Hoy no era deporte, era algo más allá del deporte.”

Todos y cada uno de los que pasaron el Gavia ese día fueron vencedores. Incluso desde aquella jornada, hay una serie de corredores cuyo principal crédito es que subieron al Gavia ese día.”

 

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The Wire y el ajedrez

(Entrada con SPOILERS  de la serie)

 

 

En uno de los momentos más brillantes de la primera temporada de The Wire, D’Angelo enseña a dos de los chicos de las casas bajas, Wallace y Bodie, a jugar al ajedrez mientras ellos mismos analizan la metáfora entre el juego y la organización de los Barksdale (el otro “juego”, al que se refieren como “the game”  durante toda la serie). Comentan divertidos como mientras Avon es el rey, la reina, quien tiene todo los movimientos y está controlando todas las jugadas, no es otra que Stringer. Así mismo, son totalmente conscientes de su papel en el juego, ellos son los peones, “que son como soldados”, con movimientos muy restringidos pero que si son realmente listos y rápidos y llegan al final del tablero, se pueden convertir en reinas.

 

 

Cuatro temporadas después de aquella escena, David Simon y compañía demuestran hasta qué punto llega la complejidad y elaboración de la serie en la extraordinaria escena del asesinato de uno de esos chicos. Bodie, al que hemos visto crecer (como persona y como personaje), tras decidirse a hablar con McNulty (que en el diálogo le dice “eres un soldado, Bodie”, mientras él asiente) y siendo visto en comisaría, es condenado a muerte por la banda de Marlo. Lo que a simple vista parece un tiroteo más de los que hay decenas a lo largo de The Wire esconde otra metáfora sobre el ajedrez. Mientras Chris y Snoop atacan en diagonal y a larga distancia (como alfiles) y O-Dog, el chico que finalmente le mata, sale de un callejón y gira hacia él haciendo un movimiento de L (el caballo), Bodie se mantiene en su esquina a pesar de los ruegos de su amigo Poot, disparando en diagonal pero sin poder avanzar, muriendo como un peón, como el soldado que siempre fue consciente de ser.

 

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Los motores rugen esperando la señal. El público espera sin aliento el comienzo de la batalla final. Los corredores cierran los ojos y realizan en sepulcral silencio sus últimos ruegos a Dios. El espíritu incorpóreo de Ayrton Senna se aparece a varios presentes que sufren desmayos tras la epifanía. La tensión del ambiente crece hasta límites casi insoportables. 3,2,1… Los cavallinos rampantes vuelan en primera posición seguidos de las flechas plateadas. Alonso, con una arriesgada artimaña, adelanta a Hamilton. Ron Dennis traga amargamente saliva. Flavio Briatore, a la vez que se zumba a una jamelga que le saca dos cabezas, grita: “Bravoooo Fernaanndooo!”.

De repente, algo extraño ocurre ante los atónitos millones de personas que presencian la carrera. Hay un amasijo de hierros rodeados de humo en medio de la pista. “¿Qué ha pasado?!” grita con voz temblorosa y acuosos ojos un Lobato desencajado. “¡Parece que son Alonso y Hamilton!” rezan voces de auricular inconexas. La repetición saca de la duda al mundo entero: Alonso ha realizado una maniobra suicida. Choque frontal contra la máquina de Hamilton. El bicampeón del mundo, en un momento de total y absoluta lucidez, ha decidido, en un admirable acto de redención, acabar con su patética y miserable vida no sin antes llevarse por delante a ese chaval negro de hostiable sonrisa que le ha jodido la vida este último año. La cabeza cercenada de Hamilton, tras volar por los aires 30 metros, se estrella contra la pared delante de un técnico que asegura que de los labios del inglés sin vida salen las póstumas palabras “hijo puta”. El público aulla cual felatriz protagonizando una peli con Rocco Siffredi. Anthony Hamilton, en estado de shock, es retirado en ambulancia con una camisa de fuerza. “¿Dónde está Ron Dennis?” se pregunta todo el mundo. “Oh, Dios mío” El jefe de McLaren se encuentra en la línea de meta con la mirada perdida y un bote de gasolina (BMW, que tiene menor temperatura y es más fresquita) en la mano. Los ténicos de la escudería inglesa corren hacia él pero no llegan a tiempo, un fogonazo les tira violentamente hacia atrás mientras un indescriptible olor a carne quemada les inunda. Sus últimas palabras han sido: “No puedo vivir sin él”. Pedro Almodovar, que ha abandonado momentaneamente su palco en el Tenis Master Series tras los murmullos y se ha puesto frente a una pantalla del recinto, llama corriendo a su hermano: “debemos comprar los derechos y adaptar la trágica historia de amor entre Hamilton y Dennis, no recuerdo algo comparable desde lo de Edith Piaf y Marcel Cerdan, la ambientaremos en los sórdidos arrabales británicos, será mi obra maestra”. Pero lo que le manchego no sabe es que la dramática historia de amor interracial ya ha sido entregada a Todd Haynes.

Mientras tanto, Kimi Raikkonen todavía no se cree lo que está pasando y piensa que es una alucinación provocada por un viaje retroactivo de LSD o parte de un nuevo delirium tremens. Pero no, es cierto, ¡el hombre de hielo (con whisky) es el nuevo campeón del mundo!

 

La celebración:


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-Siempre te ha interesado la política, la historia. Ya hablábamos de la trascendencia de Hitler en el 33.
-Sí, sigo leyendo, tengo un montón de libros.
-Tú fuiste de los pioneros… Los que soñaban con que la familia debería organizarse. Y copiasteis mucho las antiguas legiones romanas, jefes y soldados… Aquello funcionó.
-Sí, desde luego que funcionó, eran días gloriosos aquellos, y nosotros el Imperio Romano, la familia Corleone era un Imperio Romano…
-Sí… Lo fue… Frankie, si fallaba un complot contra el emperador, los conspiradores tenían una oportunidad para que sus familias conservaran sus bienes.
– Sí, pero sólo los ricos, Tom. Los pobres lo perdían todo, se lo quedaba el emperador… a no ser que fueran a su casa y se suicidaran, así no ocurría nada y sus familias… sus familias tenían resuelta su vida.
-Si, una solución buena… Única.

En las últimas semanas he vuelto a ver dos veces El Padrino II (y una vez la I y la III), ya he perdido la cuenta del número de ocasiones que he visto las dos primeras partes y cada visionado me ha proporcionado nuevos detalles, matices y planteamientos. Probablemente vuelva a releer la novela, que además de complementar perfectamente la saga con cosas que, por falta de tiempo y por ser el cine un distinto lenguaje que la novela, se quedaron fuera (por ejemplo, la guerra Vito Corleone-Al Capone con el temible Luca Brasi como elemento determinante), tiene un pasaje maravilloso que, personalmente, creo que es la única parte en que la adaptación de Coppola y Puzo no supera al material original: la estancia de Michael en Sicilia.
Mi parte favorita es, sin duda, la II. La gran tragedia griega, la caída en la oscuridad de Michael, que vende su alma y acaba sin amigos/familiares (los ha echado de su lado) ni enemigos (los ha liquidado) mientras paralelamente se relata la juventud de su padre Vito, un don que ha conseguido alzarse en un mundo de violencia pero que no ha perdido su humanidad. Michael, sin embargo, sí. Se ha convertido en un ser sin sentimientos ni piedad, que ha masacrado incluso a aquellos que ya estaban rendidos, consciente de su oscuridad (la fotografía de la parte de Michael es fantasmagórica, casi sacada de una película de terror) desde su silla/trono imperial donde sus súbditos le besan la mano por puro temor, mano que a su padre besaban por respeto y fidelidad.
Hay muchas escenas emblemáticas, las más recordadas en la parte de Vito joven (el maravillosamente orquestado por Coppola asesinato de don Fanucci, el prólogo en Sicilia, la brutal venganza contra Don Ciccio o el famoso “Gli faro’ un’offerta che non potra’ rifiutare”) pero también en la parte de Michael, como el diálogo, en la absoluta oscuridad, en italiano, con su madre, el momento en que descubre que Fredo es el traidor de su familia en La Habana, el asesinato de éste en el lago con Michael agachando la cabeza tras una cristalera tras oirse el Ave María recitado por su hermano y el posterior disparo o el shakespeariano final recordando un cumpleaños de su padre con tantos fantasmas en su mesa como si de McBeth se tratara. Pero mi favorita es la que he pegado arriba, el sutil diálogo entre Tom Hagen y Frankie Pentangeli. Dos amigos de la vieja guardia, perdidos ahora, recordando con nostalgia los buenos tiempos (los de Vito, claro). Uno, Tom, despreciado por su hermano adoptivo y sin apenas peso en la organización tras haber sido el fiel consigliere del gran Padrino. Otro, Frankie, condenado a muerte tras traicionar a su “emperador”, pero con la posibilidad de manter su honor y el de su familia si se suicida a la vieja usanza romana, cortándose las venas en la bañera. Sin rencor, sólo negocios.

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Pobre Mike Monroe, los años pesan, de sex symbol en los 80s a parecer un proyecto de disecación humana en vida. Atrás quedan los tiempos en que las fans japonesas derribaron un escaparate de una tienda en la que Hanoi Rocks firmaban discos y le arrancaron mechones de pelo o el suceso ocurrido en la India (los Hanoi fueron el primer grupo de rock en tocar en Nueva Delhi) cuando en medio de un concierto un extasiado lugareño se subió al escenario y le metió un morreo, provocando el pánico en el cantante, que temía que le hubiesen pegado la peste (sic). Fijo que el cariñoso fan indio pensó que Monroe era una tía, y es que la ambiguedad del cantante provocó no pocas anécdotas, como la sucedida en el Muro de las Lamentaciones, y es que parece que Mike no encajaba ni en la parte de los hombres ni en la de las mujeres, o así lo decidió la policía israelí, que lo largó de allí antes de que lo lincharan.

El caso de McCoy tampoco es moco de pavo, un gitano finlandes heroinómano, endiosado y con serios problemas para entender las premisas de la convivencia entre seres humanos. Es la versión bizarra de Keith Richards (lo sé, redundancia), y como él, parece increíble que siga vivo todavía, aunque últimamente se le ve francamente jodido, de hecho actualmente tiene problemas para andar y utiliza bastón (eso sí, muy glamouroso, Andy ante todo es una rock star).

Bueno, a parte de quererlos por su bizarrismo casi sin límites, estos dos tambien hicieron cosas cojonudas despues de Hanoi Rocks, sobre todo Monroe, que en los 90 sacó un pedazo de disco con su grupo Demolition 23 (que bien podría haberlo firmado con su nombre). Lo produjo y co-escribió Little Steven, el Silvio Dante de Los Soprano y guitarrista de la E-Street Band del Boss, y para mí, es lo mejor que ha hecho Monroe en toda su carrera, un pildorazo de punk rock que rinde pleitesía a los Dead Boys y a los Heartbreakers (versiones incluidas). Lamentablemente el guitarrista la palmó de sobredosis con 20 añitos y a tomar por el culo el grupo. Por lo menos nos dejó cosas como ésta:


El bueno de McCoy, además de ser durante años el guitarrista de Iggy Pop y de perdonarnos la vida a todos los seres humanos del planeta, también sacó cosas apreciables en solitario, destacando Building on Tradition, con temas como este:

PD: El amigo Andy owneando a Bam Margera (Jackass):

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