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Archive for 28 septiembre 2011

Pongámonos en situación y hagamos un ejercicio de abstracción: te toca un premio en una promoción de esas en las que hay que guardar cuatro mil tapas de yogures desnatados light que consiste en un maravilloso viaje. El destino es paradisíaco, nada menos que las islas Maldivas, con todo tipo de gastos, tales como alojamiento en un islote bañado por agua turquesa, comida cocinada por Ferrán Adriá a tres metros de ti o cocaína colombiana de una pureza del 96 %, pagados. El premio, además, incluye compañía personal durante toda la estancia, la cuál no es otra que Tori Black y Sasha Grey haciendo un inciso en su fulgurante carrera como felatrices (o no). Aunque al comienzo desconfías, todo indica que sí, que increíblemente esto es real, el único pago es tener que soportar un largo viaje.

Te montas en el avión y en principio todo va perfecto: no ponen pegas con el equipaje (aprovecho la ocasión para cagarme en RyanAir y en su puta madre), las azafatas son guapas y amables y la barra libre te da la ocasión de engullir todos los Jack Daniels que te de le gana. Pero entonces vienen las sospechas, oyes cuchicheos y te parece ver comportamientos extraños pero lo achacas a tu paranoia alimentada porque ya vas federico de bourbon. Lo intentas olvidar pero entonces te das cuenta de que el rumbo que lleva el avión no es el que debería llevar, que estamos yendo en dirección contraria, momento en el que, alarmado, comentas el asunto con otros pasajeros del avión. Aunque con algún desacuerdo, la mayoría de ellos dicen que no te preocupes, que seguro que está dando algún rodeo pero que llegará a buen destino. Tras varias turbulencias y con los nervios a flor de piel porque estás seguro de que lo que ves por la ventanilla no es la primera vez que lo sobrepasas en el vuelo haces un Melendi y fuerzas a las azafatas a hablar con el piloto, el cuál sonriendo y muy sereno y cortés te dice que no, que él es el especialista y que están yendo por otra ruta para no coger tráfico pero al final habrá un giro de última hora y llegaremos en nada a nuestra Shangri-La particular.

Lo del giro de última hora te suena raro, rarísimo, y de nuevo lo vuelves a comentar con los pasajeros que te tranquilizan. Al final te relajas, piensas que dentro de una hora vas a estar en una tumbona en una playa virgen hablando del cine de Werner Herzog y Catherine Breillat con Sasha mientras Tori te enseña lo que es la postura de Andrómaco. Te dices a ti mismo: todo va a encajar como un hermoso rompecabezas, el final va a ser una catarsis de dimensiones legendarias, va a ser perfecto. Per-fec-to.

Y entonces sucede. Bajas del avión con la boca abierta y las manos temblando. Reconoces el lugar. Sí, lo has visto antes. En Callejeros. O en España Directo. Sin duda lo reconoces. Es el barrio de las 3.000 Viviendas de Sevilla. Un sudor frío te recorre todo el cuerpo mientras dos figuras desiguales y contrahechas se te acercan y te dicen que son tu compañía para la estancia. En este caso no dudas de dónde las has visto, te has pasado demasiados días trasnochando riéndote de ellos en compañía de Jesús Cárdenas. Carmen de Mairena te da dos besos mientras Pozí te alarga un interminable brazo mientras susurra: muh guapo, mi arrma. Huyes de allí buscando ayuda, encuentras a tus compañeros de viaje y con lágrimas en los ojos les cuentas lo que ha pasado. Un par de ellos, en estado de trance, te lanzan una mirada que al contactar con la tuya te hace estar seguro de que sienten lo mismo que tú, que, en definitiva, han puesto sus ilusiones durante un montón de tiempo en una gran, miserable e ignominiosa mentira que los pilotos se han encargado una y otra vez de asegurar que es real. Pero entonces viene lo peor, salvo el par de pasajeros a los que les ha dado un tabardillo del que es posible que no vuelvan, el resto de pasajeros te dice que “no, que no está tan mal, oye, no es lo que esperaba pero me gusta igual” mientras otros, furibundos, te atacan diciéndote que no tienes ni idea porque lo importante era “disfrutar del viaje”. Otros, pobrecitos ellos, todavía piensan que están en la playa de las Maldivas aunque ya les han dado el palo cuatro veces y comparten habitación con el burro del Tito Casiano que, con su boina y bastón sentado en una pequeña silla en la calle,  les pide dinero por “vigilarles” el coche.

Ahora pensaréis: ¿y a qué coño viene todo esto? Pues, amigos míos, algo muy similar a ésto es lo que sentí yo cuando vi el final de Perdidos.

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Las benévolas

 

Cerca de mí traían a otro grupo: se me cruzó la mirada con la de una chica joven y guapa, casi desnuda, pero muy elegante, tranquila, con los ojos llenos de una inmensa tristeza. Me alejé. Cuando volví, todavía vivía, medio caída de espaldas; una bala le había salido del cuerpo, debajo de un pecho, y jadeaba, petrificada; le temblaban los lindos labios, que parecían querer articular una palabra; me miraba fijamente con aquellos ojos grandes, sorprendidos e incrédulos, unos ojos de pájaro herido; y aquella mirada se me clavó, me abrió de arriba abajo el vientre y dejó salir un chorro de serrín; yo era un vulgar muñeco y no sentía nada y, al tiempo, quería con toda el alma inclinarme y limpiarle la mezcla de tierra y sudor de la frente, acariciarle la mejilla y decirle que no pasaba nada, que todo saldría de la mejor forma posible; pero, en vez de eso, le metí compulsivamente una bala en la cabeza, lo que, en última instancia, venía a ser lo mismo, en lo que a ella se refería en cualquier caso, aunque no para mí, pues a mí, al pensar en aquel despilfarro humano insensato, me invadía una rabia inmensa, desmedida; seguía disparándole y la cabeza le había reventado, como una fruta; entonces, se me desprendió el brazo y se fue solo por el barranco, disparando a todos lados; yo lo perseguía, haciéndole señas con el otro brazo para que me esperase, pero no quería, se burlaba de mí y les disparaba él solo a los heridos, prescindiendo de mí; al fin, sin resuello, me detuve y me eché a llorar. Se acabó, pensaba; mi brazo no volverá nunca, pero, para mayor sorpresa mía, allí estaba otra vez, en su sitio, sólidamente unido al hombro; y Häfner se acercaba y me decía: “Déjelo ya, Obersturmführer. Yo lo sustituyo”.

Fragmento de Las Benévolas, de Jonathan Littell.

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Léolo

Amado y odiado a partes iguales, Léolo es un descarnado y violento poema cinematográfico dirigido en 1992 por Jean-Claude Lauzon sobre un niño que intenta sobrevivir en un humilde barrio de Montreal a un entorno  opresivo y deprimente con su imaginación y su fantasía como únicas armas mientras, a lo largo del insólito viaje, le escuchamos repetir una y otra vez la personal letanía: “porque sueño, yo no lo estoy”.

Criado en una familia devastada por la demencia, de la que tan sólo se salva su madre (“un gran barco que navegaba en el mar de la locura”), Léolo lucha contra su herencia maldita reinventando su vida, renegando de su padre (la línea dañina de la familia) y cambiando su nombre y apellido real (Leo Lozeau) por un italianizado Léolo Lozonne de donde afirma provenir (“Italia es demasiado bonita para dejársela sólo a los italianos”). Soñar es su escapatoria para huir de la amenaza de la locura de la que es consciente, “porque sueño, yo no estoy loco. Porque sueño, yo no lo estoy”.

 

Léolo imagina y escribe todo lo que se le pasa por la cabeza en papelitos que luego tira a la basura y que un extraño anciano al que denomina el Domador de Versos recoge y lee con mimo. Para Lauzon, escribir no es una acción opcional, Léolo no escribe por amor al arte, escribe por la misma razón que respira, escribe como única salida, escribe para no morirse en vida. El Domador de Versos, único personaje que reconoce el talento del niño, es, además, quien le da involuntariamente su libro de cabecera (“El valle de los avasallados”, de Rejean Ducharme) al colocarlo bajo una pata de la tambaleante mesa de la cocina mientas la madre de Léolo se apiada del viejo y le da de comer (“Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar”).

Léolo es un film con una estructura singular, guiado no por mecanismos narrativos convencionales sino a golpe de emociones, de sensaciones, engranaje que solamente es posible en caso de relatar evocaciones autobiográficas, como sin duda es el caso de Jean-Claude Lauzon (Lauzon-Lozonne) y que emparenta su película a otra magistral obra maestra narrada de similar manera y con recuerdos de niñez-juventud también como argumento: Amarcord, de Federico Fellini. Léolo va dirigida directamente a los sentidos: viéndola parece que estuviéramos oliendo, tocando o saboreando (y no siempre de forma agradable) cada fotograma. La cruda poesía de Léolo se dirige derecha al estómago, a las entrañas, Lauzon sabe muy bien donde tiene que pegar cada vez para que el film no tenga tiempos muertos, mezclando la realidad más deprimente y escatológica con momentos de extraordinaria belleza y ternura.

 

 

El camino de Léolo, como el de toda pérdida de inocencia, no tiene viraje atrás. Mientras más se adentra en la adolescencia y en la realidad, más lejos van quedando sus fantasías y su amor por Bianca, la vecina siciliana de la que está enamorado y que se le presenta desde el armario a cantarle en sus sueños cada vez que escribe. Léolo, completamente  lúcido, compara su destino con el agujero en la manta de su cama: “mis dedos del pie salen de un agujerito en el extremo de mi manta, cada día, sin que yo mismo me de cuenta, consigo asomar un dedo más que el día anterior, mañana asomaré mi pie entero, y mi pierna, y pronto será mi cuerpo, siento de debo abandonar esta vida antes de estrangularme con este agujero”. Léolo, aplastado por la realidad, va poco a poco renunciando a soñar, a amar y a seguir luchando contra la terrible herencia genética que le acecha sin piedad, condenado a resbalar hasta sus propios infiernos mientras el Domador de Versos desciende, en otra bella metáfora, a su sótano a guardar los escritos de aquel inolvidable niño que disparaba a todo el mundo con sus pistolas de juguete y el arpa de The Lady of Shallot de Loreena McKennitt (parte de la maravillosa banda sonora junto con gente de la talla de Tom Waits o The Rolling Stones) asesta sus acordes.

Jean-Claude Lauzon falleció en accidente de avioneta en 1.995, con 43 años, privándonos así de disfrutar de más películas suyas. Aunque me da la sensación de que se lo dejó todo con la única y absoluta obra maestra que es Léolo.

 

 

“Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.”

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El doble enfrentamiento entre estos dos extraordinarios púgiles es una de las más curiosas y famosas historias del boxeo del siglo XX.

Año 1936. Joe Louis, el Bombardero de Detroit, es a sus 22 años una apisonadora que apunta a corto plazo a convertirse en campeón del mundo de los pesos pesados tras noquear a rivales de la talla de Max Baer, Primo Carnera o el mejor peso pesado español de la historia: Paulino Uzcudun (el único KO que recibió en toda su carrera). Max Schmeling es la otra cara de la moneda: veterano de 31 años y ex campeón mundial (de 1930 a 1932). Schmeling había conseguido el título en Nueva York ante Jack Sharkey tras ser este descalificado por un golpe bajo y lo perdería ante el mismo boxeador tras una decisión dividida muy discutida (por emplear un eufemismo) en el Madison Square Garden. Entre ambas contiendas, el alemán había defendido con éxito el cinturón en una espectacular pelea ante el infravalorado Young Stribling (su record al morir a los 29 años en accidente de coche lo dice todo: 257 victorias y 15 derrotas, con 128 KOs, la segunda marca de la historia tras Archie Moore con 131 noqueos), al que infligió su única derrota por KO de su carrera en el postrero asalto 15.

En junio se fecha la pelea en la que el invicto Louis es el favorito absoluto (10 a 1 marcan las apuestas). Lo que ocurre en ella es, además de una de las mayores sorpresas de la historia del boxeo, un hecho histórico de repercusiones que entonces ni se imaginaban. Schmeling, en un inteligentísimo combate (y según cuenta la leyenda, aconsejado por el legendario Jack Johnson), ha sabido neutralizar la brutal pegada de Louis y en el asalto 12, ante la atónita mirada de un Yankee Stadium, ha noqueado al Bombardero.

 

 

Lo que ocurre a partir de ahora cuando entran en escena las propagandas de dos potencias que iban a ser rivales en la II Guerra Mundial es algo sabido por casi todos. Tanto la Alemania nazi como EEUU utilizaron la figura de los dos deportistas. Schmeling es recibido por un héroe nacional por miles de personas y por el propio Adolf Hitler y calificado por los políticos nazis como “el ejemplo de la superioridad aria”. En EEUU, por el contrario, se inicia una campaña que durará hasta junio de 1938 cuando se enfrenten de nuevo en la que se descalifica de racista o de “perro nazi” a Schmeling. Este “calentamiento” del combate de 1938 respondió, claramente, a intereses políticos y propagandísticos en los que los dos púgiles fueron utilizados por sus respectivos gobiernos (y más tarde, veremos cómo fueron recompensados). La verdad, era otra bien distinta. El “perro nazi” mantenía aún a su manager judío a pesar de la petición expresa desde el gobierno de que lo despidiera y salvaba a dos niños judíos escondiéndolos en su estancia de hotel mientras eran buscados por las autoridades. En EEUU, por su parte, se olvida que la victoria de 1936 de Schmeling no ha sentado tan mal en la sociedad yankie como la propaganda quiere hacer ver, Schmeling ha sido durante los años 30 un boxeador muy apreciado en el país americano y la victoria ante Louis ha sido celebrada por parte de los seguidores americanos del boxeo básicamente por dos razones: la sombra de Jack Dempsey, el gran ídolo pugilístico del primer tercio del siglo XX es muy alargada, y tras una época de campeones ciertamente grises (a excepción del gran Gene Tunney) la llegada de Schmeling supuso un “deja vu” del campeón Dempsey debido al gran parecido físico entre los dos; la otra razón es que muchos norteamericanos preferían que ganara un blanco alemán a un negro compatriota.

La pelea más politizada de la historia tuvo lugar de nuevo en el Yankee Stadium, en junio de 1938. Schmeling, que no había podido salir del hotel debido a amenazas, es noqueado en el primer asalto ante 70.000 espectadores por un Joe Louis imparable que retiene el título mundial conseguido un año antes ante el “hombre Cenicienta” Jimmy Braddock y que no soltará hasta diez años después batiendo todos los records de la historia (que a día de hoy siguen vigentes: 11 años y 25 defensas como rey de los pesados).

 

 

Schmeling, tras la humillante derrota, sería castigado siendo reclutado (los deportistas de élite alemanes estaban exentos y, de hecho, Max fue el primero de ellos en entrar en combate) y saltó como paracaidista sobre Creta donde se partió dos meniscos y tuvo una grave lesión en la espalda. Cuando acabó la guerra, sus plantaciones de tabaco en las que había invertido el dinero ganado en el ring fueron tomadas por los rusos. El destino para Louis no fue más halagüeño, el gobierno que se había aprovechado de su fama y sus puños en 1938 le dejó prácticamente en la ruina cuando le acusó de evasión de impuestos. Fue entonces cuando Max Schmeling, ya recuperado gracias a convertirse en directivo de Coca-Cola en Alemania, ayudó económicamente a su antiguo rival en el ring y amigo fuera de él. A la muerte de un arruinado Louis en 1981, Schmeling corrió con los gastos de su funeral.

Schmeling murió en 2004 a los 99 años.

 

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Un top 7 de mis escenas favoritas de la fantástica comedia de Judd Apatow. Serie de culto, seguramente la mejor plasmación de la adolescencia y el instituto (un subgénero super explotado y repetitivo hasta la saciedad) de la historia de la televisión norteamericana, con personajes reconocibles y situaciones totalmente próximas aunque se desarrolle en Detroit en 1980, envuelta además en un montón de cómplices referencias musicales, televisivas, cinéfilas y populares de los años 70. Ahí va:

 

7- “I wish I could get that five dollars back.” El señor Weir, memorable personaje, contando a su pequeña Lindsay cómo perdió su virginidad por cinco dólares en un burdel de Corea:

 

6- “Free Bird”. Himno de Lynyrd Skynyrd y escena de primer amor adolescente, ¿qué más se puede pedir? A la altura del final de Los Renegados del Diablo.

 

5-“We’re gonna rise above”. Daniel Desario, el greaser de la serie, deprimido en su habitación escuchando Damaged de Black Flag con los cascos puestos para no despertar a su familia que “siempre está intentando dormir”…

 

4- “Jesus is Just Alright”. Millie, la geek definitiva y uno de mis personajes favoritos, haciendo un intento final de que los invitados a la fiesta de su amiga Lindsay no beban ni se droguen cantando al piano una canción religiosa de los Byrds:

 

3- “I’m Eighteen”. El señor Rosso, jefe de estudios enrollado y hippie del instituto, intentando ganarse a los alumnos problemáticos del mismo tocando… ¡Alice Cooper!:

 

2- “Carlos the Dwarf”. Daniel, castigado en el instituto, acaba juntándose con los geeks y jugando con ellos al Dungeons & Dragons:

Aunque al comienzo es reticente (“I don’t wanna be a dwarf, I wanna be a…ninja or a fighter”), acaba entusiasmado con su personaje (“ok, seré un enano, pero su nombre será…Carlos”), con el juego y con sus nuevos amigos los inadaptados. Todos los que hemos jugado alguna vez al rol no podemos evitar soltar una sonrisa cómplice en este capítulo, es totalmente realista (como toda la serie, seguramente la serie sobre teenagers más realista jamás realizada –y probablemente, por eso mismo cancelada-) y además, en él se da el segundo cara a cara (el primero estuvo a punto de entrar en el top: http://www.youtube.com/watch?v=uLv-DQwPFuE ) entre Daniel y (su, seguramente, futuro colega) Harris, el master de la partida, patriarca de los geeks y uno de los personajes más queridos por los fans de la serie.

 

1-“I’m One”. Bill, solo en casa, haciéndose la comida y engulléndola mientras ríe histéricamente viendo su programa favorito. De fondo, suena I’m One de The Who (“Every year is the same, and I feel it again, I’m a loser – no chance to win. Leaves start falling, come down is calling, loneliness starts sinking in. But I’m one. I am one.”):
Bill Haverchuck es mi personaje favorito de la serie y esta escena le define completamente: abandonado familiarmente (sólo tiene a su madre que se pasa el día trabajando), sólo tiene a sus series y programas de televisión como compañía. Esta escena me rompe el corazón a la vez que me hace sonreír, Bill, un geek nato, es feliz con su triste sándwich de queso, su leche en vaso de Darth Vader y su programa de TV favorito. Como tantas otras infancias…

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James Ellroy

“Soy de L. A. Mis padres me trajeron al mundo en un lugar excelente. Aterricé en el hospital en el que despegó Bobby Kennedy. Mi madre odiaba a los católicos y le gustaban los hombres despiadados. Bobby K. le habría provocado sentimientos contradictorios.
Yo veía L. A. con ojos de nativo. Crecí allí. Tamicé datos y los transfiguré al estilo de los chicos. Se trataba de morbos diversos. La corrupción y la obsesión eran sus hilos conductores. Mi métier fue el noir infantil. Viví en el epicentro del film noir durante la época del film noir. Desarrollé mi propia cepa de morbo raro. Era puro L. A.

Hacia 1950 mi padre trabajaba para Rita Hayworth. Decía que se la cogía. Mi madre cuidaba a astros de cine borrachos. Mi padre era perezoso. Mi madre era una adicta al trabajo. Mi padre me enseñó a leer a la edad de cuatro años.
Tuve acceso a las revistas de escándalos y a la Biblia. El libertinaje y la severa ley de Dios me acosan todavía. En la Biblia había sexo y abundantes carnicerías. En las revistas de escándalos, también. Sexo y porquería publicada. Incubé mis dotes narrativas. Mi imaginación se incendió.
Mis padres se divorciaron en 1955. Mi madre obtuvo la custodia principal. Yo viajaba de uno a otro. Estudiaba sus vidas separadas.
Mi madre bebía combinados de bourbon. Vi lo mucho que le cambiaba el alcohol. Salía con hombres que olían a psicópatas de film noir. La pesqué dos veces in fraganti. Mi padre acechaba el piso y espiaba a su ex. Mi madre me alimentaba con comida sana y novelas épicas. Mi padre me daba salsa de quesos y combates de boxeo. Me enseñó a vitorear. Yo vitoreaba a los boxeadores mexicanos antes que a los negros. Vitoreaba a los púgiles blancos antes que a cualquiera.
Sexo: el asunto más importante de todos. El no va más de los chistes de los `50, quiero conocer al tipo que inventó el sexo y preguntarle en qué anda ocupado ahora.
Mi padre y mi madre me hacían leer. Los dos me llevaban al cine. Mi padre se repetía con historias de actrices ninfómanas. Mi madre hablaba de los actores a los cuidaba. Me llevó al espectáculo de Dean Martin y Jerry Lewis. En una escena aparecía un perro conduciendo un coche. Me desternillé de la risa varios días seguidos. A mi madre le pareció una reacción extrema. Mi madre era una mujer instruida. Decidió llevarme a un psiquiatra infantil.
Los viajes de uno a otro progenitor continuaron. Iba de una casa a la otra y me enteraba de chismes, Rita Hayworth era ninfómana. Rock Hudson, maricón. Floyd Patterson, un campeón de pacotilla. Mickey Rooney era un sátiro.
El calendario llega a junio de 1958. Comienza mi noche de Walpurgis. Mi madre es asesinada. La trama es SEXO. El caso queda sin resolver.
Fui a vivir con mi padre permanentemente. Estaba exultante con la muerte de mi madre e intentaba no regocijarse en mi presencia. Mi congoja era compleja. Odiaba a mi padre y la deseaba sexualmente. BAM: ha muerto. Bam: mi imaginación descubre el CRIMEN.
La fijación eludió la muerte de mi madre y se centró en víctimas sustitutas. La Dalia Negra se convirtió en mi asesinada favorita. Era mi madre hiperbolizada y estaba lo bastante distanciada para saborearla mediante la fantasía. Estudié recortes de prensa sobre la Dalia, fui en bicicleta al lugar donde habían abandonado el cadáver. En mi mente empecé a hilar historias de salvamento. Rescataba a la Dalia cuando el asesino alzaba el cuchillo.
Leí novelas policíacas para chicos. Salté al Mike Hammer de Mickey Spillane. Las historias eran vengadoramente anticomunistas. Me gustaba la rabia y el fervor de Hammer. Yo era un anticomunista infantil. Ansiaba castigar a alguien invisible. Acechaba al asesino de mi madre pero no lo sabía. No sabía que estaba dragando morbo. Para mis páginas futuras. Mi padre me dejaba que me entretuviese leyendo y descuidara mis deberes escolares. Veíamos serie de crímenes en televisión. Conocía a unos de los actores de 77 Sunset Strip. Decía que la mujer del tipo “le mostraba el felpudo”. Mi padre sacaba conclusiones erróneas, daba por sentado mi conocimiento del sexo. Alababa a los homosexuales masculinos. Decía que gracias a ellos, aumentaba el número de mujeres cogibles.
Mi rendimiento en la escuela era malo y fui autodidacta. Leí De aquí a la eternidad en 1960. El crimen se mezclaba con la historia social, la chispa que encendió mi grandiosa ambición infantil.
En esa época, mis aptitudes para la vida estaban por debajo de lo normal. A partir los años ´60, declinaron. Vivía para leer y fantasear. Robaba libros, comida y miniatura de coches. Recorría L. A. en mi bicicleta de vendedor de tacos.
Espié a las muchachas en bicicleta. Era un acechador conspicuo. Aceché a las chicas ricas de Hancock Park y a las chicas judías del oeste de Kosher Kanyon. El verano del ´61 me lo pasé acechando. Me encontré con manifestaciones de protesta y arrojé huevos a los estúpidos que quería prohibir la bomba. Se alzó el Muro de Berlín. Tío Sam y los comunistas jugaban a la intimidación. En la tele, un periodista presentaba cada día la gráfica del guerrámetro. Las posibilidades de que hubiese una guerra nuclear subieron hasta el 90 por ciento. La crisis me llenó de alegría nihilista.
Me arrastré de la primaria a la secundaria. El instituto Fairfax era judío casi en su totalidad. Yo sólo destacaba porque era gentil y tenía acné. Anhelaba que me prestaran atención pero carecía de gracia para conseguirlo. Era un mal estudiante, peor deportista y mis relaciones sociales eran pésimas. Quería promocionarme como ser estrictamente único y atraer la atención consiguiente.
Sopesé el dilema. No contré una solución. Me afilié al partido Nazi Americano. Mi primera actuación fue en el barrio judío de Los Ángeles Oeste.
El tiro me salió por la culata… y funcionó. Gracias a eso me prestaron algo de atención. Se me calificó de payaso. Distribuí planfetos racistas y “Billetes de Barco para África”. Me ungí como portador de la semilla de la nueva raza superior. Anuncié mi intención de establecer un Cuarto Reich en Kosher Kanyon. Insulté a los negros y denigré a los Protocolos de los Sabios de Sión. Calumnié a Martin Luther Negro y vendí copias del Salmo 23 de los negros. Se burlaron de mí, se rieron de mí, me zarandearon y me dieron empujones. Desarrollé un sentido de la política estilo vodevil y recibí varias patadas en el culo. Mi cuelgue nazi me motivó, me aburrió y me angustió, en sincronía con la respuesta de mi público. Yo vivía para fantasear y asimilar tramas. Los buenos libros y la televisión conformaban mi arte interpretativo.
Estamos en otoño del ´63. La salud de mi padre empeora. La mala alimentación y los cigarrillos. Bam: estrenan la serie El fugitivo.
Es puro concepto. Un médico de pueblo. Su matrimonio va mal. Su mujer es alcohólica. Un mendigo manco entra en la casa y la mata. El médico es acusado del asesinato. Lo juzgan y lo condenan a la silla eléctrica. El remilgado teniente Gerard lo lleva al corredor de la muerte. Bam: el tren descarrila. Bam: el médico huye para siempre. Persigue al mendigo manco. La policía lo persigue a él.
La serie me obsesionó. La serie interfería en mis sueños. El doctor Kimble huía. Yo también huía a toda velocidad. Kimble va a numerosas ciudades. Todas parecen estudios de filmación. A L. A. Kimble es un pararrayos. Atrae descontento sexual. Siempre conoce a las mejores mujeres de la ciudad. Las mujeres eran mi madre transformadas por arte de magia.
Mi padre tuvo un ataque de apoplejía el 1/11/63. Llegué a casa del instituto. Lo encontré llorando y balbuceando. Vi su muerte como mi desamparo y mi propia muerte décadas después. Empecé a prepararme para la vida en solitario. Empecé a excluirlo.
Pasó tres semanas ingresado en el Hospital de Veteranos. Su estado mejoró y sus posibilidades de sobrevivir aumentaron. Yo recorría L. A. en bicicleta. Birlaba revistas nudistas. Visitaba a mi padre. miraba episodios de El fugitivo. Me llevaron hasta el golpe contra JFK. Mi padre salió del Hospital de Veteranos el día del atentado. La muerte de Jack y el consiguiente revuelo lo aburrieron. A mí también. A la mierda con Jack. Éramos republicanos y protestantes. Jack recibía órdenes de Roma. Ese martes casi se cargan a Kimble.
América lloraba a Jack K. eso era carnaza para mi numerito nazi, pero nada más. Johnson incrementó el envío de tropas a Vietnam. Yo apoyé la guerra nuclear. Un vigilante de mi tienda me arrestó por robar. Mi padre tuvo un infarto mientras yo sudaba en el calabozo. Las secuelas del golpe contra Jack sufrieron una metástasis. Los rumores de conspiración aumentaron.
El instituto se convirtió en una carga insoportable. Había cumplido diecisiete años. Era blanco. Ser libre sería tenerlo todo. Volví a poner en acción el numerito nazi. Me expulsaron de clase una semana. Mi padre empezó a llamarme “pendejo alemán”. Yo pintaba esvásticas en el plato del perro. Mi padre llevaba un casquete judío para atormentarme.
Volví al instituto. El club de la Música Folk celebró una reunión. La interrumpí con una melodía pronazi y un coro de Das Horst Wessel Lied. Me expulsaron definitivamente. Era un miércoles de mediados de marzo de 1965. Mi padre dejó que me alistara en el Ejército y tuvo un segundo ataque cuando yo llevaba dos días allí. Exploté su estado de salud. Fingí una crisis nerviosa. El ejército me asustó terriblemente. Detestaba la disciplina. Yo era un cobarde y un faux-führer sedicioso. No quería ir a Vietnam. Conseguí un permiso por situación familiar grave. Visité a mi padre en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: “Intenta ligar con todas las camareras que te sirvan”.
El ejército me soltó. A los diecisiete años era huérfano y estaba exento del servicio militar. Había llegado la hora de completar mi educación picaresca.
Me matriculé en L. A. Me doctoré en droga y me gradué en abandono. Leí un montón de novelas policíacas y crónicas de crímenes auténticos y me abstuve de la “literatura convencional”. Era pura asimilación. Vivía en un universo criminal de ficción e imaginaba fantasías criminales. Cometía pequeños delitos por inercia y dejadez moral. Robaba comida y libros. Acechaba a las chicas de Hancock Park, irrumpía en sus casas y olía su ropa interior. Estuve encerrado en la cárcel del condado. Allí me codeé con otros inmaduros estúpidos y pequeños delincuentes. Mentíamos acerca de nuestras muchas putas y hazañas delictivas. Pulí mis nacientes dotes para la narrativa gracias a una jerga carcelaria de pacotilla.
Mis temas eran el crimen y mi locura innata. Comprendí las reglas de la verosimilitud. Cultivé mi aspecto extravagante, medía metro noventa, pesaba setenta y cinco kilos, treinta de ellos de granos, y siempre tenía una pústula madura en la nariz.
¿El sistema? Al carajo con el sistema. Todo marginado callejero y pueril odia el sistema. A la crítica que hace de éste le falta rigos analítico y le sobra resentimiento personal. El marginado callejero Ellroy lo sabe. Es un neoconservador que duerme en parques y en contenedores de reciclaje.
Los años ´60 y los ´70 siguieron adelante. Yo seguía adelante impetuosamente. Comía algodones de inhalador Benzedrex. Bebía jarabe para la tos Romilar. Me pinché metanfetamina. Aceché, haraganeé, escuché y aprendí. El crimen cristalizó crujiente en mi cavidad craneal.
Y está L. A. Está en todas partes como una epidemia. Es una tierra rica en señuelos para chantajes y yonquis criados en la jungla. Es una casa de putas hiperbólica y una choza de hermafroditas elegantes. Aceché. Me enamoré de una preuniversitaria llamada Margaret Craig. Paseé junto a su casa de dos pisos de estilo Tudor y la saqueé amorosamente a lo voyeur.
Bam: estoy de nuevo en la cárcel,. Me aburro. Estoy alerta. Estoy asustado. Miro. Aprendo. Escucho el lenguaje de la lasitud del hampa.
Aprendí. Me retiré y leí.
Leí a Dashiell Hammett en la biblioteca pública del centro de la ciudad. Leí a Ross MacDonald en los parques a la luz de una linterna. Leí al estremecedor Joe Wanbaugh en la cárcel y fuera de ella. los nuevos centuriones/El caballero de azul/Campo de cebollas/Los chicos del coro: obras visionarias escritas por un policía. Una visión contracultural de finales de los años ´60. Absurdidad sin adoctrinamiento izquierdista.
Wanbaugh me encendió. Wanbaugh me cambió para siempre. ¿Cómo lo sé? Porque hizo que me avergonzase de mi vida.
Me desintoxiqué en el ´77. Tenía veintinueve años. La cronología me favoreció. Se pusieron de mi parte unas drogas a las que se podía sobrevivir y unas cifras bajas de delincuencia callejera. Las galerías de las prisiones estaban vacías de violadores en grupo y de camarillas raciales. Los chicos asustados con escasas capacidades de supervivencia podían perdurar y aprender.
Aprender es fácil. Yo aprendí de la manera más dura. No lo recomiendo. Me golpeó una circunstancia atroz. Cultivé el don y la maldición de la obsesión. Finalmente ganó el don.
Ahora aprendo de mis palabras en la página.
En algún sitio hay un chico, o unos chicos. Nunca los conoceré. Ahora mismo están encajando cuadrículas en su cubo de Rubik. Les gustan mis dramas demoníacos, la metafísica los mutila. Se agarran a la gravedad, la combatirán con sus demonios. Les aportará un exceso de capacidades para la supervivencia, la cronología no los crucificará.
Apuntalarán mi morbo. Lo revisarán radicalmente. Lo harán circular.”

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Kid Pambelé

De verdadero nombre Antonio Cervantes, el orgullo colombiano de los años 70. La personificación del lema “sube hasta la cima y una vez allí tíralo todo a la basura”. Miembro del Salón de la Fama y considerado el mejor peso superligero de toda la historia por la AMB, actualmente drogadicto terminal que se dedica a vagar por la calle asustando a los transeúntes con un palo.

Hay una anécdota que dice que en una gala en que se homenajeaba a Gabriel García Márquez presentaron a éste como “el hombre más importante de Colombia”. El escritor se dio la vuelta y preguntó: “¿Dónde está Kid Pambelé?”

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