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Archive for 25 septiembre 2012

Dark Shadows (Tim Burton, 2012): Decía Robert Smith con acento manchego en un Testimonios de Muchachada Nui: un día vi una luz en el horizonte y era mi talento que se alejaba. Burton podría no sólo compartir estilista con el cantante de The Cure, también esa reflexión. Desde la deliciosa Sleepy Hollow (1999) sin hacer algo mínimamente decente y destrozando iconos populares como la Alicia carrolliana, la fábrica de chocolate de Dahl o la serie en que se basa ésta, bravo.

Ella y una aparición de Alice Cooper, lo único salvable.

 

American Gigolo (Paul Schrader, 1980). La parte de la prostitución en esa especie de trilogía del autor sobre los bajos fondos y su indisoluble relación con la, en apariencia, inmaculada sociedad junto con la anterior Hardcore, un mundo oculto (la pornografía) y Light Sleeper, Posibilidad de escape (los narcóticos ). La mejor interpretación de la carrera de Richard Gere en un thriller magníficamente escrito y dirigido por un Schrader que ya había dejado de ser sólo un gran guionista para convertirse en un director importante. Menos sórdida que la extraordinaria Hardcore (ese remake bastardo de Centauros del Desierto) pero igualmente perturbadora (sobre todo por lo que se intuye sobre el pasado del protagonista) y con un final que es, más que un homenaje, una declaración de amor a Pickpocket del gran Robert Bresson.

Oh, Jeanne… digo Michelle, qué extraño camino he tenido que tomar para llegar a ti.

 

Young Adult (Jason Reitman, 2011). Vuelta del tándem Diablo Cody-Jason Reitman que triunfó con la impostada y sobrevaloradísima Juno (2007) para una mordaz comedia sobre ese curioso fenómeno contemporáneo que son los adultescentes. Como en Beautiful Girls, un personaje en plena crisis existencial vuelve a su pueblo para dedicir qué hacer con su vida y de paso encontrarse con viejos amigos, lugares y recuerdos. Pero aquí Mavis, misántropa y alcohólica (brillantísima Charlize Theron, y sin necesidad de esa estúpida costumbre hollywoodiense de afearse como sinónimo de buena interpretación que ella misma utilizó en Monster), no se encuentra con una maravillosa y locuaz Natalie Portman sino con un tullido que fabrica en su garaje alcohol con un alambique casero (gran Patton Oswalt) y no rememora anécdotas con colegas porque en el instituto era una absoluta hija de puta. Llena de cargas de profundidad, verdades incómodas y patetismo a raudales, una bofetada certera y corrosiva sin ninguna concesión sentimental ni conclusión moral. Como debe ser.

Ésto sí es Romeo y Julieta versión disléxica.

 

Sleeping Beauty (Julia Leigh, 2011). Encuentro serias dificultades para describir la película. Bueno, voy a intentar hacer un esfuerzo: una puta mierda. Artificial, pretenciosa, con voluntad de impactar, sin ritmo. Sólo una cosa me gustó, hay una escena en una cafetería en la que suenan los irrepetibles Radio Birdman, así que esta vez no pongo foto de la peli sino que adjunto un video suyo.

 

Sucker Punch (Zack Snyder, 2011). Misma protagonista que la anterior, la aniñada Emily Browning, que aquí se acompaña de unas cuantas cachorras más para que las vistan de colegialas con corsé y les den katanas y M16s para que se carguen a dragones, zombies alemanes o robots. El sueño húmedo de un teen geek pajillero (triple redundancia, lo sé), es decir, el sueño húmedo de Zack Snyder. “El visionario director de 300 y Watchmen” como reza la publicidad, aunque mejor podían definirle como “el único director cuyas películas si las pusieran a velocidad normal durarían 20 minutos”. El film adolece de todos los tics del director: desde el abuso de la cámara lenta hasta la inclusión de una banda sonora que chirría con las imágenes pasando por su barroquismo excesivo. Curiosamente, que la película sea básicamente un videojuego tonto ideado por Snyder juega a su favor, ya que puedes ver la obra disfrutando de ciertas imágenes (alguna hay) o sonrojándote de verguenza ajena (la mayoría) sin tener que cagarte en su puta madre ya que en esta ocasión el director no está destrozando un material de partida tan rico como los cómics de Miller y (sobre todo) Moore como hizo en sus dos anteriores atentados fílmicos.

Senderos de Gloria versión Snyder: pajas en ralentí.

 

La Novena Puerta (The Ninth Gate, Roman Polanski, 1999). Adaptación de El Club Dumas (o de una parte, más bien) de Arturo Pérez Reverte (y en la que participó Enrique Urbizu) por parte del exiliado director polaco, La Novena Puerta es un thriller marca de la casa de un Polanski que tiene tanto talento para esto de dirigir cine que incluso con el freno de mano puesto es capaz de sentar cátedra. No está entre sus obras maestras, por supuesto, y el guión tienes aspectos mejorables, pero está rodada con un oficio y una pericia sólo al alcance de uno de los mejores directores que quedan vivos. Le ha sentado muy bien el paso del tiempo desde que se estrenó, por cierto.

Toda la peli fumando sobre incunables, muy profesional.

 

Cabin in the Woods (Drew Goddard, 2011). Inteligentísima y sincera carta de amor al cine de terror ideada por Goddard y por un Joss Whedon al que se le nota el pulso y el sello en la película (además de participar algunos de sus actores fetiche como Amy Acker o Fran Kranz). Con puntos en común con la primera Scream o con la divertidísima Tucker & Dale versus Evil, Cabin in the Woods es una deconstrucción del género de terror (no sólo al slasher como puede parecer en principio) más ambiciosa que ellas y en la que la cantidad de referencias a obras icónicas anteriores son prácticamente incalculables. Repleta de sentido del humor y conocimiento del tema, una gratísima sorpresa totalmente imprescindible para los fans del género. Una recomendación: ver sabiendo poco o nada sobre su argumento.

Ñam.

 

No Hagan Olas (Don’t Make Waves, Alexander Mackendrick, 1967). Divertida comedia de enredo ambientada en la California hippie sixtie protagonizada por un Tony Curtis siempre fantástico rodando a las órdenes de Mackendrick (como demostrara una década antes en la soberbia Chantaje en Broadway junto a Burt Lancaster) y por una pareja femenina que de guapas tiran de espaldas: Claudia Cardinale y Sharon Tate. Ligera pero interesante (cualquier cosa firmada por ese gran director lo es) y con una canción de los Byrds compuesta especialmente para el film.

Sharon Tate en el mejor plano de la película.

 

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011). La niña bonita del 2011, de largo lo mejor que ha dirigido su irregular director y que ha catapultado tanto a él como a Ryan Gosling a lo alto de Hollywood. Una buena y muy bonita película negra con una banda sonora que se adapta como un guante a la geografía de Los Angeles y con dos escenas antológicas: la anticlimática persecución inicial y la del ascensor, el auténtico corazón del film. No obstante, muy lejos de ser la obra maestra que le ha dado a la gente por decir a diestro y siniestro. Winding Refn abusa de la cámara lenta en no pocas ocasiones y en ciertas partes es efectista. Queda muy bien para sacarla en alguna conversación con alguna modernilla y conseguir meterle la lengua en su sucia boquita, eso sí. Y si alguien se acuerda de Kenneth Anger por lo de la chupa con el escorpión ya me vale.

A real hero, real human being.

 

 

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Una tarde, en una de sus sesiones de psicoanálisis con una paciente habitual, Jung habla con ella sobre su último sueño en el cual le regalaban un escarabajo de oro (símbolo del renacimiento en el antiguo Egipto). En ese mismo instante, se escucha un golpe contra el cristal de la ventana, Jung se levanta, la abre y recoge lo que ha impactado: un escarabajo dorado, una especie rarísima en ese habitat. A partir de la experiencia, Jung define y desarrolla el concepto de sincronicidad.

Las sincronicidades (“coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”) se convierten en uno de los paradigmas de la magia del caos, versión moderna de la tradición mágica y hermética, poderosamente influenciada por las figuras de Aleister Crowley y Austin Osman Spare, y que cuenta entre sus confesos seguidores a creadores del mundo del cómic de la talla de Alan Moore, Grant Morrison o Steve Moore. Parece, por tanto, que el pensamiento mágico y el mundo del cómic se atraen y retroalimentan (no hay que olvidar que el universo de guionistas como Neil Gaiman o Alejandro Jodorowsky está también trufado de conceptos, simbología y referencias mágicas) por encima de cualquier otro medio moderno (en cine sería el gran Kenneth Anger su heraldo, quedando prácticamente vacía la lista tras él, pudiendo meter a directores como el propio Jodorowsky, Harry Smith o Curtis Harrington en ella). Quizá la razón de esa osmosis entre cómic y magia sea que la mezcla de dibujos y narración es el catalizador más adecuado a la hora de transmitir la antigua alquimia, mitología, sabiduría mágica. Parafraseando a Mercurio, dios romano del lenguaje, en Promethea del genio barbudo: “¿cómo podrían los humanos percibir a los dioses que son esencias abstractas si no los vistieran con símbolos, historias, imágenes? …o historias con imágenes, ya que estamos. La escritura jeroglífica, dibujos en vasijas. Además, ¿acaso manifestarse a través de la forma pictográfica original de la lengua no es lo más adecuado para un dios del lenguaje?”.

No sorprende, por tanto, que algunas sincronicidades tengan como protagonistas a personajes o autores del noveno arte. Alan Moore ha utilizado numerosas veces la figura de Aleister Crowley como personaje en sus obras, incluida From Hell, donde la Bestia aparece de niño comentando al inspector que los asesinatos de Jack el destripador tienen un fin mágico mientras come un dulce en forma de palito. En una convención, un seguidor thelemita se acercó a Moore y le felicitó por mostrar al infante Crowley haciendo uno de sus gestos arquetípicos: el de silencio, llevándose el índice a los labios, en este caso utilizando el palito de dulce en vez del dedo. El escritor de Northampton se disculpó y contestó que no sabía de qué hablaba, cogió el libro y comprobó para su sorpresa que era cierto. Tampoco es el único caso de Moore con algún hecho excepcional, de hecho le gusta contar cómo a veces se ha encontrado en la vida real con personajes de sus cómics, en especial con John Constantine, con quien dice haberse encontrado y charlado en un bar. No era un fan disfrazado, sino el propio Constantine salido de entre las páginas de sus obras para tomar algo y hablar tranquilamente con un atónito Moore.

La anécdota sobre personajes que saltan al plano real desde la ficción no es tampoco nueva. Tras morir el escritor pulp Walter B. Gibson, por su casa pasaron numerosos inquilinos y todos tenían una cosa en común: se quejaban aterrados de ver una figura masculina con traje, capa y sombrero oscuros deambulando por la casa. Lo que ellos no sabían es que el personaje más famoso que había creado Gibson era La Sombra.

Tampoco podía faltar, claro, Grant Morrison. El escocés afirma que antes de realizar esa obra maestra que es All Star Superman se encontró junto a su editor en una convención a un tipo vestido de el hombre de acero, cosa para nada extraordinaria en esos eventos, sin embargo a a pareja le resultó curiosa tanto su imagen (nada que ver con la de los típicos cosplays, parecía Kal-El en carne y hueso) como la manera en que les hablaba, como si fuera el auténtico Superman. Morrison estuvo charlando con él y haciéndole preguntas sobre el personaje icónico de DCy afirma que muchas ideas y puntos de vista de la obra fueron germinados en ese curioso encuentro. También una obra de Morrison, aunque en éste caso con su habitual compañero Frank Quitely como protagonista ha dado que hablar mucho por internet en los últimos tiempos. En el número 3 de su Batman & Robin el magnífico dibujante creó una portada que, al darle la vuelta, se convertía en un dibujo muy parecido al Joker de La Broma Asesina de Moore y Brian Bolland. Tanto Morrison como Quitely afirmaron no saber nada del supuesto homenaje a la mítica obra de Batman y el último se mostró muy sorprendido a la vez que alegaba que era imposible que hubiese sido a propósito ya que la sonrisa del Joker aparece al colocar el logo de la colección, inexistente en su lámina primigenia.

La portada de la discordia

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