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Este joven imberbe eslovaco de 23 años recién cumplidos es la gran sensación del ciclismo mundial tras su espectacular año 2012 en el que consiguió, no sólo la friolera de 15 victorias (incluidas 3 del Tour de Francia así como el maillot verde), sino impresionar a propios y extraños por su potencia, inteligencia, precocidad, carisma y sentido del humor.

Nacido en Žilina, al norte de Eslovaquia, el 26 de enero de 1990, Sagan se interesó por el ciclismo desde temprana edad (su hermano mayor Juraj también es ciclista profesional) alternando sin distinción ciclismo de carretera y de montaña y brillando en ambas modalidades a nivel nacional. Como le pasará más tarde en profesional, Sagan comienza a destacar también por sus excentricidades. Muchas veces compite con zapatillas normales de calle y con camisetas de algodón. En la Copa de Eslovaquia, Sagan vende su bicicleta porque consigue un patrocinador que le dará una mejor, pero la bici no llega a tiempo por lo que el corredor compite con la barata bicicleta de su hermana. Gana la carrera. Tras ganar tanto el campeonato europeo como el mundial junior de ciclismo de montaña en 2008 (el año anterior había sido tercero en ambos) da el salto el año siguiente al ciclismo en ruta profesional al vestir el maillot del Dukla de su país natal como antes habían hecho los hermanos Velits. Con 18 años queda subcampeón en la París-Roubaix Junior y, tras ser rechazado por el Quick Step, es contratado por el potente Liquigas italiano, después de quedar impresionados por sus tests médicos.

 

 

En la París-Niza de 2010 Sagan se presenta en sociedad ante el público mundial. Tras llevarse dos etapas (una de ellas con 4.500 metros de desnivel) y la regularidad del Tour de California, Sagan consigue otras dos etapas en la ronda francesa batiendo en escapadas a corredores como Purito Rodríguez y Alejandro Valverde. Pero es el 2011 donde el corredor eslovaco explota definitivamente. Con tan sólo 21 años, logra 13 victorias (entre ellas el campeonato nacional de Eslovaquia y 3 etapas en su debut en la Vuelta a España) así como victorias finales en el Giro de Cerdeña y la Vuelta a Polonia, siendo el corredor con más triunfos del circuito sólo superado por el belga Philippe Gilbert y su insuperable año.

El 2012 no hace más que confirmar a Sagan como superestrella del pelotón, alzando los brazos en 16 ocasiones y en carreras tan prestigiosas como la Tirreno-Adriático, la Vuelta Suiza, de nuevo el Tour de California (logrando la friolera de 5 etapas) o los tres días de La Panne así como revalidando el campeonato de su país. Pero es en su espectacular debut en el Tour de Francia donde se corona, llevándose tres etapas y el maillot verde de la regularidad con tan sólo 22 años, venciendo tanto en sprints masivos por delante de especialistas como Cavendish o Greipel como en mediamontaña y consiguiendo el apodo de Tourminator y un Porsche que el dueño del equipo le había prometido si conseguía tal (improbable antes de comenzar la carrera) hazaña. Ese año, además, apesar de no lograr ninguna victoria en las clásicas de primavera, consigue posiciones de privilegio en carreras como el Tour de Flandes (quinto), la Amstel Gold Race (tercero), la Milán-San Remo (cuarto) o Gante-Wevelgem (segundo), adquiriendo una experiencia en el pavés que seguro no desperdiciará en su futuro (éste año ha declarado que Flandes es su objetivo prioritario de la temporada).

 

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Venciendo sin despeinarse al líder Cancellara.

Por si las estadísticas no fueran ya suficientes por sí mismas para entender el impacto de Sagan en el ciclismo actual, a ellas se une la excéntrica personalidad del corredor. En Asturias se le recuerda con humor por algo ocurrido en la Vuelta del 2011, concretamente en el temible y legendario Angliru en el que Cobo sentenció la ronda y en el que el eslovaco realizó parte de la subida haciendo un caballito… sin manos, acto que ha repetido en más rondas. Además de Tourminator, Sagan se ha labrado durante su carrera otros apodos como Rambo, Forrest Gump (al que ha imitado en alguna llegada o incluso en videos promocionales de su equipo) o El Caníbal, mote que comparte con el más grande de todos los tiempos, el gran Eddy Merckx, con quien ha sido comparado debido a su precocidad, versatilidad e instinto ganador. Sin duda, cualquier comparación con el belga es una fantasía y el eslovaco tiene handicaps que debe mejorar (por ejemplo, nunca ha llegado en forma a la última parte de la temporada en la que se disputan carreras tan importantes como el mundial o el Giro de Lombardía), pero no recuerdo a ningún cilcista con un futuro como el que tiene Sagan, siendo un todoterreno y teniendo la inteligencia innata que tiene para el ciclismo lo cierto es que no tiene techo. El ciclista, en éste comienzo de 2013 sigue a lo suyo y en febrero ya ha conseguido dos triunfos en el Tour de Omán y continúa preparando la temporada primaveral que todos los clasicómanos adoran mientras sigue haciendo de las suyas: imitar a Forest Gump, disfrazarse de Spiderman en el Tour de California, hacerse pasar por un mendigo o dejando su impronta en las aficionadas. Genio y figura.

 

 

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Siendo esta legendaria etapa del Giro de Italia del 88 una cita obligada en este blog pero encontrando un artículo insuperable sobre la misma (y varios sobre todo ese Giro) mientras me documentaba, prefiero poner el enlace  para que lo disfruten (así como la fantástica página): http://pedaladasdehistoria.blogspot.com/2008/12/giro-de-italia-1988-el-infierno-helado_29.html

 

 

 

 

Sin embargo, sí que pegaré la versión abreviada de un artículo de Bruce Hildenbrand para la revista Cycle Sport, donde Andy Hampsten recuerda su subida sobre el paso de Gavia durante el Giro d’Italia 1988. Su versión original puede encontrarse en la página de Hampsten, que ahora tiene una tienda de bicicletas en Seattle, USA y otra en Italia.

“Las cosas comenzaron a parecer difíciles en el descenso de Aprica. Yo llevaba toneladas de ropa, pero la lluvia había estado cayendo a cubos desde el comienzo de la etapa y yo estaba tiritando a causa de lo mojado que estaba y del frío. No estaba seguro de cuánto tendría que sufrir, pero sentía que todos nosotros ibamos a sobrepasar nuestros límites para franquear el Gavia. Sabía que yo podría sufrir, pero también sabía que sería muy duro para mis compañeros de equipo así que los intentaba animar también. Recuerdo decir a Bob Roll que éste sería probablemente el día más duro sobre la bici en toda nuestra vida.

 


Todos sabían que yo iba a atacar. Cuando aumentó el camino, fui al frente y todos los escaladores marcaron mi rueda. Podría oír que murmuraban “Hampsten van a atacar” y que están intentando desalentarme. A este punto la carretera todavía estaba asfaltada, pero cuando salí de una curva a la izquierda vi convertirse la carretera en camino sin asfaltar y una señal de tráfico del 16% de pendiente, y entonces fue cuando pinché.

Debido a toda la lluvia, el camino sin asfaltar era realmente inestable. Estaba muy blando y las cubiertas dejaban un surco por donde pasaban. A medida que íbamos subiendo, mi mente comenzó a divagar y los aspectos psicologicos de lo que estaba ocurriendo empezaron a arrastrarse en mi mente. Sentía que había alcanzado mis objetivos hasta la fecha, sin tomar riesgos, pero cuando las cosas se empezaron a poner mal, pensé lo que podía hacer para mejorar las cosas.

Dejé de pedirle Dios que me ayudara, ya me había ayudado bastante dándome el privilegio de competir. En vez de eso empecé a especular lo que estaría dispuesto a negociar si el diablo aparecía. Desmoralizado por esta cadena de pensamientos, me dí cuenta que al principio del día había confiado solamente en mí mismo para sobrevivir a la etapa. En el Gavia, como siempre, no había atajos y yo nunca había buscado ayuda de píldoras u otras ayudas, aunque estaba en un estado tan mental que dudo que hubiera resistido cualquier tentación que me llevara a Bormio. Debo confiar en mí mismo para conseguir llegar al final.

A 4 millas para la cima del Gavia, en mi mente comenzó a entrar la niebla. Comencé a pensar en el frío que estaba pasando en ese momento y el descenso de 15 millas que me esperaba desde la cima hasta Bormio. Y las dudas comenzaron a apoderarse de mí…

¿Los coches del equipo iban a conseguir coronar? ¿El masajista estaría arriba con té caliente? ¿Och estaría allí a un kilómetro con mi bolsa? (Nota del Traductor: Jim Ochowitz, director deportivo del Motorola) A 3 millas de la cima, fui a ponerme un gorro de lana pero decidí primero quitar el agua de mi pelo, pero mi mano se congeló a través de una enorme bola de nieve que cayó sobre mi parte posterior. Cuando vi los edificios pensé que había llegado a la cima (lo era!) y si iba a parar, debía hacerlo allí. Pero realmente deseé seguir en ese momento. No era una cuestión de supervivencia todavía.

Tenía solamente una marcha para la bajada, todas las demás se habían congelado y pensé que debía seguir pedaleando para mantener esa marcha sin hielo. El camino era sin asfaltar al iniciarse el descenso. Era mejor para descender que el asfalto pues no se congeló. Lo probé un par de veces para ver si era suficientemente sólido y lo era. Los espectadores que había en el descenso no sabían si la carrera se había suspendido, así que deambulaban por en medio de la carretera mientras yo bajaba. A medida que descendía me iba enfriando más y más. Intenté no pensar en el frío y concentrarme en la carretera que tenía frente a mí. Ahora era asfalto, pero no estaba helado afortunadamente. Intentaba no frenar demasiado bruscamente. Cuando utilizaba los frenos, primero tenía que quitar el hielo de las llantas, y después intentar quitar el agua, antes de tener alguna potencia de frenada.

Me habían hablado de la hipotermia y sobre lo frío que podría llegar a estar antes de que uno no pudiera pedalear más. Mis brazos estaban bloqueados desde el comienzo del descenso, y yo simplemente intentaba seguir pedaleando para mantener mis piernas en movimiento. En un momento dado, miré hacia abajo, hacia mis piernas y a través de una capa de hielo y de grasa (lanolina), pude ver que eran de color rojo brillante. Después de eso, no miré mis piernas de nuevo…

A 6 km para el final, Breukink me cogió, pero yo estaba totalmente bloqueardo y no podía responder. Breukink no llevaba puesta ninguna chaqueta de lluvia, solo un jersey, así que él podría bajar más rápido en la larga recta que llegaba a Bormio. No había forma humana de quitarme la chaqueta. Después de que cruzara la línea de meta, me dirigí hacia nuestro masajista. Mike Neel vino y me metió en el coche del equipo, que estaba en marcha y con la calefacción a todo meter. Cuando comencé a calentarme el dolor empezó a remitir. Mike me dijo entonces que la Maglia Rosa era mía y el dolor y el euforia se mezclaron y comencé a gritar, a reír y a tiritar.

 

 
En el plazo de 10 minutos del final, estaba arriba en el podium. La Maglia Rosa me sentaba bien. Me la puse y todas mis dudas se esfumaron. Las entrevistas de la TV comenzaron y recuerdo que decía “Hoy no era deporte, era algo más allá del deporte.”

Todos y cada uno de los que pasaron el Gavia ese día fueron vencedores. Incluso desde aquella jornada, hay una serie de corredores cuyo principal crédito es que subieron al Gavia ese día.”

 

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